"EL PRINCIPE DE LOS TENORES"
Artículo de Alvaro del Amo, publicado en el diario El Mundo en septiembre de 1999.
Con este título, un poco demodé, celebraba la Deutsche Oper de Berlín el debut de Alfredo Kraus, que ocurría en una fecha increíblemente tardía. El propio teatro se preguntaba, incrédulo, cómo el príncipe de los tenores (que debutó de verdad con Rigoletto en El Cairo en 1956) no había cantado todavía allí; cuando lo hizo, el 14 de marzo de 1992, en el papel de Edgardo en Lucia di Lammermoor, su actuación tuvo el carácter de acontecimiento y, desde entonces, ha vuelto, para repetir el mismo papel, para un Werther en versión concierto y para más de un recital; en el avance de la programación de la próxima temporada se anuncia la presencia de Kraus en la última de las tres funciones de Lucia, marzo del año 2000, y en Liederabend posterior.
Que este genio de la interpretación musical, reconocido y admirado desde hace décadas, haya seguido debutando hasta el final de su carrera, indica la índole de su particular temperamento, una casi indescifrable combinación de rigor, severidad y exigencia (a la hora de elegir sus papeles, de planificar sus actuaciones), y una curiosa disponibilidad para interpretar obras poco frecuentes, para aparecer como una novedad, para presentarse como sustituto. Hace un año, el público del Teatro de la Zarzuela recibía alborozado la noticia de que «el tenor fulanito de tal sería sustituido por... el tenor Alfredo Kraus». Los que vieron aquella Traviata no la olvidarían nunca.
El repertorio.- Uno de los tópicos que han acompañado siempre a Alfredo Kraus ha sido la brevedad de su repertorio. El no se cansaba de repetir que, con apenas 10 títulos, se podía «hacer una carrera», lo que ampliamente demostró por el sencillo sistema de convertirse en algo así como un especialista en determinados papeles. La entrega a un número reducido de personajes, en su caso, no sólo no suponía el menor amaneramiento, sino que demostraba que el papel en cuestión era inagotable, en cuanto que el supuesto especialista nunca acaba de exprimir todo su jugo. Cada nueva actuación de Kraus, como Fausto, Alfredo, Hoffmann o el Duque, era una demostración de conocimiento y de frescura, de seriedad y de emoción, como si la lección del maestro se perfumara en cada clase con la curiosidad y el arrebato de un alumno aventajado. Es verdad que el repertorio de Kraus era escaso frente a la abundancia de otros colegas hercúleos, lo que no debe hacernos olvidar que la tal escasez distaba mucho de ser rígida. El nunca abandonó su amada Zarzuela (ahí están las grabaciones recientes de Marina y Doña Francisquita), así como se dejó tentar por obras poco frecuentes que, gracias a él, fueron rescatadas del anonimato, como La Muette de Portici de Auber, donde interpretaba al atropellado revolucionario Masaniello. «Il bel canto».- Kraus hablaba de los compositores identificados con el llamado bel canto con un admirado agradecimiento. Por no perder nunca de vista, a la hora de escribir una partitura, la voz humana, sus exigencias, sus limitaciones y sus, también, riquísimas posibilidades. El tenor puede decirse que sentó cátedra en sus interpretaciones del conde Almaviva de El barbero de Sevilla, así como en sus incursiones en personajes de Mozart, el precursor, quizá el inventor del belcantismo.
No prodigó Kraus el noble rossiniano, ni tampoco el don Ottavio de Don Juan, ni el Ferrando de Cosí fan tutte, unas interpretaciones memorables afortunadamente recogidas en discos. Su Arturo en Los puritanos de Bellini permanece como otro hito, ejemplo de lo que ha conformado el estilo de este raro artista, una suma de perfección en el canto y de intensidad a la hora de comunicar los matices del personaje. Quienes lo han encontrado frío es que confundían, probablemente, el ardor con el sentimentalismo y la pasión con las lágrimas de cocodrilo. Por Gaetano Donizetti sentía Kraus una especial predilección. Las aludidas virtudes de los compositores que nunca «perdían de vista» la voz, encontraban en Donizetti su expresión máxima. Kraus no fue sólo un preclaro Edgar,en Lucia; también un doliente Fernando en La favorita y un gracioso Tonio en la floja La hija del regimiento. En uno de los títulos más logrados del compositor, y poco frecuentados por su exigencia de un amplio reparto de grandes voces, Lucrezia Borgia, el Gennaro de Alfredo Kraus permanecerá como uno de sus mayores logros. El joven que descubre, el enamorado que se decepciona, el despechado que reclama venganza, el hombre que sufre sin entender muy bien de dónde le cae tanto dolor, se despliegan ante el asombrado oyente gracias al endiablado arte del tenor, que trata lo intrincado como una extraña variante de la facilidad.
Opera francesa.- Fausto y Romeo y Julieta de Gounod, Los cuentos de Hoffmann de Offenbach, Manon de Massenet, Los pescadores de perlas de Bizet, formaban, junto al belcantismo, el otro gran pilar del repertorio de Kraus. Obras todas con algo de inasible, de escurridizo, de difuminado, un matiz indefinido difícil de aprehender, que el tenor dominaba con la misma contundencia con que exponía las cuitas de su tocayo Alfredo, el amante vapuleado de La traviata verdiana. Los muy distintos personajes de la ópera francesa desfilaban en las versiones de Kraus en sus muy diferentes matices, destacando en todos esa última calidad de fulgor, de entrega y de furia exquisita que
conformaba el estilo del cantante. El anciano tentado por la juventud y artífice de la destrucción de la belleza, el escritor que se consuela relatando variantes del amor imposible, el calculador oportunista y el sencillo varón enamorado vivían en el mismo intérprete como las imágenes diversas de un caleidoscopio iluminado por un fuego común. El bueno y el malo.- Dos son, sin embargo, las figuras emblemáticas de las encarnadas por el príncipe de los tenores. Dos tipos de lo más opuesto, que los melómanos de este siglo identificarán, confundirán, irremediablemente, con Alfredo Kraus. El uno es un muchacho enamorado, un alma delicadísima, trémula, que no concibe la vida sin su amada; como ella no puede unirse a él, se suicidará. Se llama Werther, y protagoniza una ópera del mismo título de Jules Massenet. El otro es un hombre joven aún, atractivo y libertino, que concibe la vida como un territorio para su propio placer, sin que su prodigioso egoísmo se vea nunca alcanzado por las penas de los demás. Es el duque, personaje clave de Rigoletto de Verdi. Ambas figuras, perfectamente opuestas en su carácter y en su expresión, han sido los emblemas de un intérprete que, con la misma maestría, ha sabido comunicar las penumbras y rugosidades de la más delirante castidad, y el gozo, la imperiosidad y la violencia lúbrica de un donjuán mucho más activamente crápula que el propio don Juan que, en la ópera de Mozart, no tuvo ocasión de hacer honor a su terrible fama. Werther y el duque de Mantua, dos hombres al borde del abismo, asomados uno a cada lado del pozo sin fondo de la pasión, la no correspondida y la masticada sin apenas saborearla, que en la voz y el talento de Alfredo Kraus se han mirado cara a cara, reconociéndose en un vacío paralelo.
Colofón.- Alfredo Kraus, príncipe de los tenores, uno de los tenores del siglo, para algunos el tenor, ha demostrado una extraña capacidad definitoria. Durante una entrevista radiofónica, el locutor trataba de definir al entrevistado y, de pronto, dijo: «Oye, Alvaro, a ti te debe gustar mucho Alfredo Kraus, ¿verdad?». Ser identificado por tal preferencia tuvo, para quien esto escribe, la categoría de un elogio inopinado, que vuelve ahora, como modesto y agradecido homenaje.
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