El cuarto tenor ..... o el primero
De este modo titulaba el periódico "El Mundo" la crónica del recital que ofrecía Alfredo Kraus en su regreso a los escenarios, en 1998 tras el fallecimiento de su esposa.
En honor a la verdad, hay que ser objetivo y no dejarse cegar por la pasión, admiración o como en mi caso (y la de muchos otros), la veneración, que por este artista siempre he tenido y tendré.
Realmente aunque podemos decir que el "examen" de este recital ha sido aprobado con algo más que solvencia, no es menos cierto que en algunos pasajes de las romanzas que este día interpretó, se ven pequeños momentos de tensión por parte de nuestro querido tenor como si necesitase hacer un esfuerzo extra para dar lo mejor de si mismo.
No hay que engañarse, son ¡¡¡ 70 años !!! y quizás para este entonces, esa grave enfermedad es posible que ya empezara a hacer sus estragos en este extraordinario ser.
¡¡¡ Que gran artista, y que grandísimo ser humano !!!
A continuación os transcribo toda aquella crónica así como algunos ejemplos audiovisuales de lo que fue la mencionada velada.
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El 21 de febrero de 1998 puede inscribirse en la nueva historia del Teatro Real con los honores de la primera noche de gloria. Al menos, así se desprende del clamoroso triunfo que Alfredo Kraus consumó anoche en el coliseo madrileño, cuya envergadura, resumida en 25 minutos de ovaciones y bravos, ha sobrepasado definitivamente el tono de la emblemática velada inaugural, el concierto de los tres tenores y las distintas producciones operísticas que se han desencadenado desde el pasado mes de octubre.
En realidad, el rotundo éxito del tenor canario no puede explicarse desde una perspectiva exclusivamente musical, sobre todo porque los espectadores congregados anoche en el Teatro Real también celebraban el feliz regreso de Alfredo Kraus a la ópera con mayúsculas, el milagro de sus 70 años, el nostálgico reencuentro con un intérprete de culto y la sensación de que se ha sobrepuesto al fallecimiento de su mujer con la capacidad de desafíar el repertorio más arriesgado de Donizetti, Cilea y Massenet.
(Fotografiado junto a un busto del gran Julián Gayarre)
De hecho, Alfredo Kraus no tuvo más que insinuarse sobre el escenario para que los espectadores le tributaran un conmovedor recibimiento: el tenor canario sabía de que después de la calurosa reacción del público se econtraba en el compromiso de superar el filo de los nueve do de pecho despiadadamente encadenados en La hija del regimiento. Y fue entonces cuando pudo reconocerse que las emblemáticas virtudes de Kraus sobreviven a las circunstancias más desagradables, quizá porque la técnica, la inteligencia, el buen gusto, el exquisito fraseo, la magistral dicción y la personalidad trascienden la propia naturaleza vocal y constituyen un bagaje artístico imperecedero.
REPERTORIO EMBLEMATICO.- Y la valentía. No fue un recital generoso en el número de arias y romanzas -es cierto que las intervenciones solitarias de la versátil Orquesta Sinfónica de Madrid bajo la eficiente dirección de Rolf Reuter rompieron, en determinadas ocasiones, el ritmo y la magia del acontecimiento-, pero sí puede considerarse muy representativo de las tentaciones de Alfredo Kraus y de las obras que han señalado su impecable trayectoria. Por ejemplo, Lucia di Lammermoor, cuya oportunidad en el programa de anoche dio lugar a que el tenor canario se exhibiera categóricamente en la introducción y el aria de Tombe degli avi miei. Por ejemplo, Werther, recordada ayer con el memorable capítulo de Pourquoi me réveiller. Y, por ejemplo, Rigoletto: Alfredo Kraus, visiblemente emocionado, se resistía a conceder una propina, pero, dada la insistencia, no tuvo otro remedio que despedir el recital con el popularísimo testimonio de La donna è mobile.
Los espectadores, claro, reaccionaron de una manera desenfrenada, apasionada. Más o menos como sucedió cuando el tenor hizo su única alusión al repertorio español -No puede ser, de La tabernera del puerto-, cuando se recreó en El lamento de Federico y cuando recurrió al lirismo de Martha. La diferencia estriba en que las palabras escritas para las obras de Sorozóbal, Cilea y Flotow entrañan ahora un significado mucho más especial que antaño, quizá porque ya no narran experiencias ajenas ni se refieren a mujeres absolutamente anónimas.
Al contrario, no ha cambiado la profesionalidad de Kraus, ni su apabullante seguridad en los agudos, ni siquiera su capacidad para abstraerse de las circunstancias personales y afirmarse como un verdadero cantante de ópera. Un mes después del concierto de José Carreras, Domingo y Pavarotti, parece que es oportuno revisar la versoimilitud de alguna que otra fórmula exclusiva. Aquella de los tres tenores, por ejemplo.

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Ah, mes amis ...
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Tombe degli avi miei...
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M'appari (Marta)
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Lamento de Federico
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No puede ser...
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Pourquoi me réveiller
############################################ La donna e mobile

Nadir68 dijo
Cierto Werther, ¡qué gran artista y qué gran ser humano!
Coincido plenamente contigo en que el recital del Real arroja un punto de tensión soterrada ―en varios momentos― en la interpretación del Maestro; algo inédito hasta ese momento, pero que se puede explicar por las circunstancias vitales por las que nuestro ‘venerado’ Alfredo había tenido que transitar en los meses precedentes, al margen de que, es más que probable, que la grave enfermedad que terminó con su vida, empezase a hacer su particular ‘mella’ en su estructura vital. No obstante no deja de ser un testimonio único de cómo, obviando las penas que se había echado sobre su espalda, intentó (y en la mayoría de los momentos lo consiguió) dejarnos, una vez más, testimonio de lo que debe ser un enorme ARTISTA y un enorme profesional.
Gracias, Werther.
4 Junio 2008 | 02:41 AM