Alfredo Kraus siempre mantuvo una estrecha relación con la capital de la Toscana no en vano vivió muchos años en ella además de haber nacido todos sus hijos en esta que fue la capital y el centro absoluto del arte renacentista.
Sin duda esta estrecha relación de Kraus con Florencia unida a la ya de por si calidad del artista hicieron que sus actuaciones en los diferentes auditorios de la ciudad fueran sinónimos de acontecimientos estelares. En este sentido, en enero de 1984 concretamente el día 15, Kraus ofrece un gran recital en el Teatro Comunale acompañado al piano por su querido amigo José Tordesillas.
La obra que os he escogido en el día de hoy es la que abrió este recital y lo hago conscientemente por dos motivos: primero por su espectacularidad, y en segundo lugar para hablar de una cualidad de Kraus que al igual que en muchos otros artistas líricos parece innata y como sucede que no hablamos de cualidades musicales o artísticas propiamente dichas, muchas veces la pasamos por alto.
Esta cualidad de la que hablo y que como ya he dicho no es exclusiva de Kraus, es el “valor” y me dirán Vds. mis queridos amigos ¿valor para que o ante qué?
Pues me refiero al valor de abordar los roles, las romanzas sin esconderse, sin transportar notas, sin alterar las tesituras de las composiciones escritas por su autor y como en el día de hoy, valor para empezar un concierto con una romanza sin duda nada fácil y que como en la ópera de la que forma parte, es lo primero que le toca cantar al tenor con los consiguientes riesgos si no se realiza un calentamiento previo de la voz, en condiciones.
Estoy hablando de la salida de Jorge de la ópera Marina de Emilio Arrieta.
Así como quien no quiere la cosa, Kraus se decide a “caldear” el ambiente ya desde su primera intervención y si no escuchen, escuchen como responde el público Florentino a la finalización de dicha romanza.

Anda que, vaya forma de empezar un concierto. ¡Que bárbaro!.